Adán llevaba mostaza y oscuridad en su camisa
Y en sus bolsillos, la vergüenza del primer día
Fue, pues, la piedra quien se acercó a él
A pedirle que dijera en voz alta su nombre...
La piedra era fuerte y fresca cual mandarina,
Pero Adán sudaba como leña en el monte.
La piedra rodaba sin parar por la ladera
Adán, celoso, invocaba a las mareas.
Pero se miraban.
¡Ay si se miraban!
Tanto que Adán soñaba con beber de su fuente
Y la piedra moría por acariciarle la frente
Y ambos dormían mientras los años pasaban.
Hace unos días Adán volvió a ver a la piedra
Que seguía radiante como aquel septiembre,
Y quiso ser él esta vez quien se acercara curioso
A preguntarle a la piedra su recuerdo más precioso.
Pero Adán es solo un niño, no pudo ni acercarse
Y se limitó, tímido, una mano a levantarle.
No entiendo esas miradas...
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