Fuiste esa gota de gasolina que regó mi
árbol.
Como esa plancha de hierro que abonó mi
campo.
Fuiste esa daga de acero que acarició mi
rostro.
Esa pluma de ave que despertaba al monstruo.
Fuiste el trozo de pan que sació al gigante.
Ese dedo de infante que elevó al elefante.
Como el pecado del santo que lo llevó al
Paraíso.
Aquella deuda impagable que me llegó sin
aviso.
Fui el joven jinete que cabalgó bajo el agua.
Un Petrarca cobarde que maldecía a su Laura
Un reloj que acelera el tiempo sin agujas.
Una historia donde la buena por fin era la
bruja.
Fuimos perros rapaces amigos incondicionales.
Como hiena y antílope, compañeros ideales.
Fuiste la gran roca y yo el pequeño
saltamontes.
Yo tuve que ser Orfeo y tú tenías que ser
Caronte.
Tu ausencia ahora es ungüento para mi alma.
La prueba de que tras la tormenta al fin
llega la calma.
Una historia más que concluyo ahora sin
rencor.
Punto y final para esta historia del
melocotón.
Me quedé allí. Sentado en el banco
El blog descansa hasta junio, quizá hasta ya entrado el verano. ¡Muchas gracias melocotoneros!