Destinado a estrellarse contra el muro de hielo,
A caer mil veces en la misma piedra,
A convertirse en maleza y en hiedra,
A acercarse al infierno mientras se aleja del cielo.
Destinado a beber de labios desconocidos,
A retozar en los aposentos ajenos,
A hacerse viejo mientras se viene a menos,
A morirse y ver desaparecer sus latidos.
Destinado a perder todas sus apuestas,
A empeñar su alma y venderla al diablo,
A sufrir mil penalidades como San Pablo,
A llevar eternamente su desdicha a cuestas.
Destinado a ser poeta y a escribir sin miedo,
A decirlo todo y sin usar su voz,
A ser pisoteado por el presente atroz,
A ignorar la luz y volverse ciego.
Destinado a caminar por las calles errante,
A pisar su ruina y mascar su tragedia,
A correr deprisa y a ahorrar su miseria
A presentarse siempre con la envidia delante.
El hombre soberbio se cae en su propio lodo.
El hombre necio se baña en su propio desperdicio.
El hombre triste se refugia en sus vicios.
El hombre solo fue por fin olvidado por todos.