La
sangre que tiñó mi traje
Se
perdió en tu esmalte iridiscente.
Yo
adiviné tus frías intenciones
Que
ocultabas entre la voz de la gente.
El humo
que cegó mis ojos
Venía
de ti pero no eras convincente.
Nunca
dijiste una palabra
Por ser
paciente o no ser valiente.
Te
distinguía desde la esquina
Y con
rapidez esquivabas mis saetas.
Yo
recibía las tuyas y debo confesarte
Que fue
besarte una de mis metas.
Nos
olvidaremos como los viajeros del metro.
Nos volveremos
a ver una noche de sábado.
Me
preguntarás a quién espero en aquel lugar.
Te
responderé que sólo te espero a ti un día más.

No hay comentarios:
Publicar un comentario