lunes, 24 de septiembre de 2012

En la mano llevaba lágrimas de deseo


En la mano llevaba lágrimas de deseo.
En el cuello, el olor del extravío.
Los pasos alcanzaban al camino
Del hoyo y del fondo
De desdén y del oprobio.

En los labios, suciedad urbana y fría.
En el pelo, la señal por ser tentado
Que ocultaba como si el pecado
Se ahogase en la tela
Y se olvidara en la pena.

En su boca la sonrisa no se dibujaba
En su piel se clavaba fiera la saliva
Como espinas, como ortigas.
Callejón sin salida
Es no amarte a escondidas.

En su pecho latía el motor del cambio.
En el cielo ya no brillaba su estrella.
Miraba al horizonte y no la veía a ella.
¡Huye del desvío
Y del torcido camino!

Hubiera querido nacer en libertad
Hubiera preferido cumplir su destino
Caliente su cama y no dormía tranquilo
Lo ve a él feliz
Y puede al fin morir.

Tira las lágrimas, se empapa de rosas.
Limpia su boca y su piel de traicionero.
Golpea su pecho y mira al firmamento
Se dice “no estoy llorando”
Se escribe “aún te quiero”.


Hay personas que no merecen ser inmortalizadas en un poema.

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