En la mano llevaba
lágrimas de deseo.
En el cuello, el olor
del extravío.
Los pasos alcanzaban al
camino
Del hoyo y del fondo
De desdén y del oprobio.
En los labios, suciedad
urbana y fría.
En el pelo, la señal por
ser tentado
Que ocultaba como si el
pecado
Se ahogase en la tela
Y se olvidara en la
pena.
En su boca la sonrisa no
se dibujaba
En su piel se clavaba
fiera la saliva
Como espinas, como
ortigas.
Callejón sin salida
Es no amarte a
escondidas.
En su pecho latía el
motor del cambio.
En el cielo ya no
brillaba su estrella.
Miraba al horizonte y no
la veía a ella.
¡Huye del desvío
Y del torcido camino!
Hubiera querido nacer en
libertad
Hubiera preferido
cumplir su destino
Caliente su cama y no
dormía tranquilo
Lo ve a él feliz
Y puede al fin morir.
Tira las lágrimas, se
empapa de rosas.
Limpia su boca y su piel
de traicionero.
Golpea su pecho y mira
al firmamento
Se dice “no estoy
llorando”
Se escribe “aún te
quiero”.
Hay personas que no merecen ser inmortalizadas en un poema.
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